martes, 15 de mayo de 2012

Aprendiendo a ser un quebrantahuesos

Atilano, el último quebrantahuesos nacido en cautividad en Aragón, ha comenzado su "crianza campestre" en el Pirineo oscense, donde aprenderá de sus congéneres y formará su identidad antes de ser soltado en los Picos de Europa con la esperanza de recuperar esta especie extinguida allí hace medio siglo.

El polluelo nació el pasado 25 de marzo en el Centro de Cría en Aislamiento Humano (Criah) de La Alfranca, en Pastriz (Zaragoza), donde permaneció al cuidado de veterinarios y naturalistas y ayer fue trasladado al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido para su "adiestramiento natural".

Sin dejar de piar, aturdido por el largo e inusual viaje por carretera de casi cuatro horas y el fuerte calor para un animal de alta montaña, el polluelo fue depositado con suavidad por el director de Criah, el naturalista Gerardo Báguena, en el interior de su nuevo nido artificial, situado en una plataforma de "hacking", en un idílico y apartado paraje del parque. Este proceso se hizo en un sepulcral silencio porque estos animales no están acostumbrados a calibrar la voz humana y su sonido les provoca estrés e hiperventilación, entre otros desórdenes.

El animal quedó "derrumbado" boca abajo en su nido y en ese estado se esperaba que permaneciera unas siete horas sin comer, tras lo cual sería alimentado con tejido blando con agua para hidratarse hasta que cogiera las fuerzas suficientes para recibir su primera ceiba. Una vez recuperado, desde su nido, protegido por unos barrotes de hierro y una base de lana ovina, habitual en los nidos de quebrantahuesos , Atilano aprenderá a interaccionar con los de su especie, a conocer los aspectos de jerarquía y dominación social. En definitiva, aprenderá a ser quebrantahuesos.

Frente a la vista panorámica de los Pirineos, el polluelo observará cómo los de su especie y otras rapaces se aproximan hasta el comedero salvaje frente a la caseta de dos pisos y unos veinte metros cuadrados por planta que alberga el nido y el austero camastro de su ocasional cuidador o cuidadora al que no verá. Por imitación aprenderá un patrón de conducta.

Responsables del parque depositan en el comedero, los martes y viernes, unos 200 kilogramos de patas de ovinos y espinazo; los buitres devoran el espinazo y los quebrantahuesos el resto. En ocasiones pueden verse hasta doscientas rapaces comiendo.

Mientras tanto, los cuidadores de Atilano, Báguena, la veterinaria Naiara Arantzamendi o el naturalista sevillano Julio Roldán, en total aislamiento con el animal durante turnos rotatorios de tres días, vigilarán y anotarán sus movimientos, y le darán de comer con la ayuda de un señuelo, separados por cortinas y espejos que los hacen invisibles al animal.

Todo este proceso de adiestramiento y reencuentro con la naturaleza que lleva realizándose en el Parque Nacional de Ordesa desde mediados de los años 90 y es conocido como "hacking", se prolongará durante un mes y, posteriormente, cuando Atilano ya sepa volar y pueda ser "competente en libertad", como explica Báguena, será llevado en junio a los Picos de Europa para concluir con su formación y soltarlo, tal y como ya ha sucedido con otros 11 ejemplares en todos estos años.

Por el parque asturiano ya revolotea "Deva", una hembra de tres años introducida en el 2010, gracias a un protocolo de colaboración de los gobiernos aragonés y asturiano, que se espera que se convierta en la pareja de Atilano y en un plazo de entre seis a diez años pasen a ser reproductores.

Todo este esfuerzo tiene dos finalidades: preservar esta especie en grave peligro de extinción y reintroducir en Asturias un bello y peculiar animal que se extinguió de los Picos de Europa "por causas artificiales" hace unos 50 ó 60 años. Fue tiroteado, envenenado, los nidos fueron robados, los huevos, los pollos, sin ninguna causa concreta. Era una especie que se la mataba por su belleza, por su singularidad.

Se espera que esto ya no vuelva a ocurrir, entre otras cosas, porque matar a un animal en peligro de extinción en España ya no es una simple falta administrativa, sino un delito penado con hasta diez años cárcel y multa de 300.000 euros.


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